Tierra nuestra que estás por los suelos, damnificado sea tu hombre

Estoy en el mar, pero no es mi culpa. Me ves en todas partes; estoy en el supermercado, en la calle y en tu casa.

Perdido a veces, e incomprendido siempre.

¿Qué soy?

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Por Pamela Benítez Cedillo 

Parece ser que ahora el ecologismo terminaría por sustituir a la religión, este sería el nuevo opio de las masas. Las generaciones que se preparan para enfrentar al mundo laboral, lo hacen dentro de la incertidumbre de un futuro en donde se cuestiona la validez del estudio que practican ante la posible desaparición de todo lo que conocen. El señalamiento de culpa figura ser dirigido hacia el descuido generacional, de aquellos que les antecedieron, quienes se mantuvieron fiel a la práctica favorita del capitalismo: la producción. El resentimiento de sus conductas hacia el único planeta que les habría albergado por tantos años es reforzado a través del ecologismo.  

La tarea ahora oscila en la pretendida concientización ambiental, con la discriminación replicada hacia materiales que se prohíben bajo el discurso de lo que se supone benevolente, a nombre de la Madre Naturaleza. Quien se niega a cambiar sus prácticas, se convierte en el foco de atención y criminalización, ejemplo que servirá como condena a quienes pretendan seguir perpetuando las prácticas que han notablemente destruido todo lo verde, lo azul y lo vivo, pero, ¿qué pasaría si la condena está erróneamente direccionada? 

La manera en la que el ecologismo pretende ser el sustituto de la religión, se cimienta en la forma en la que se le acusa de ser una práctica conservadora e incuestionable, la cual teme cualquier avance tecnológico, siendo este automáticamente penado sin la medición de sus impactos a largo plazo los cuales podrían resultar beneficiosos, pero si dichos avances se presentan como ecológicos, se les aplaude sin una reflexión de por medio.  

El perfecto ejemplo es el plástico; la presencia de dicho material sustituye la tala innumerable de árboles, es económico y supone ser la alternativa ecológica, pero ha sido finamente condenada, llevada a su prohibición, por lo que lleva a cuestionarme ¿estaremos creando un desequilibrio en el largo plazo? Esta condena debería ser dirigida hacia la mala administración de deshecho, en conjunto con la irresponsabilidad empresarial, no solo consumidora. 

Las alternativas ecológicas también alimentan la práctica favorita del capitalismo. El ente culpable ahora resulta adaptarse a los deseos de los consumidores, sustituyendo el cepillo de dientes de plástico por uno hecho de bambú, elevando sus precios porque es lo que se está dispuesto a pagar si es lo que representa la posibilidad de salvar a lo que tanto amamos, porque nuestro altruismo está incluido en el precio. El problema surge cuando se culpabiliza a las personas que no pueden cambiar su manera de consumo, el ataque moral y la responsabilidad social debe ir, principalmente, hacia nuestras políticas públicas, a las grandes productoras responsables y a la mala administración de nuestros desechos.  

Debemos pensar en nuestros impactos a largo plazo, aprender a cuestionar las aparentes soluciones ecológicas y no conformarnos con lo que pretende ser lo que exigimos sin un análisis de por medio. Debemos aceptar que naturalmente somos seres que traemos el “desbalance ambiental”, y un proceso de adaptación debe ser nuestro siguiente paso. Debemos exigir políticas reflexionadas que faciliten esta adaptación, exigir una mejor administración de desechos, exigirnos ser reflexivos y no eximirnos de la responsabilidad que nos corresponde.  

Referencias: 

Astra, T. & Zizek, S. (2009). Examined Life: Excursion with Temporary Thinkers. Recuperado en junio 13, 2019, de Phiorg.com Sitio web: http://phiorg.com/wp-content/uploads/2014/02/Zizek-on-ecology.pdf 

Jaime, A. (2019). Prohibir el plástico es mala idea. Recuperado en: junio 13, 2019, de Wellington.mx Sitio web: http://www.wellington.mx/prohibir-el-plastico-es-mala-idea/?fbclid=IwAR2X58dcEDEhaQk-A0FHCZh0fwqVXzvZ8FetfBIut9J81Xvox2gaYa39SNs  

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