Voces cotidianas Fragmento de verdades incompletas

Karla Meléndez León 

Mientras desgranaba elotes, actividad que, como viajar en transporte público, llega a sustituir la sesión con el terapeuta, me di cuenta de la cruda verdad: es primavera y no veo ni una gota de lluvia, es primavera y a diferencia de hace un año, la única humedad que he sentido en estos meses es la de mis lágrimas recorriendo mis mejillas que deciden por voluntad propia cuándo es que quieren desfilar entre mis pestañas y nublar mi vista. Aun cuando estoy desgranando elotes. 

Con las manos llenas de cachitos de maíz, me sacudo el mandil y apoyo mis manos en el inestable puesto de metal. Sin pensarlo ofrezco la poca variedad de verdura que pude conseguir hoy en la central apenas llamando la atención de una pequeña que camina de la mano de su abuela. La gente debe de estar sorda y yo fajado de dinero, me digo como burla.  

‘Ojalá acabe pronto’ dice la marchanta, la última que me queda de los domingos, de buena fe después de comprarme todos los ejotes por compasión. Por un momento yo también deseo lograr venderlo todo, solo por un momento. 

Camino al norte de la ciudad, no me detengo al ver el infortunio de un robo hacia un pobre taxista, tal vez igual de pobre desgraciado que yo, pero sí al espectacular publicitario de una campaña por la lucha contra el cáncer. Pienso en los niños y en los viejos enfermos, en lo frágil que es el cuerpo y en lo mucho que me ha durado el mío, en lo mucho que lo he despreciado desde infante, en todo el odio que en él habita pero eso sí, ni un rastro de cáncer ni de alguna otra enfermedad terminal que tanto asusta a los que no son pobres o desgraciados. 

El mismo monte de todas las noches se me planta en frente, listo para que las ruedas de mi vieja camioneta lo pisoteen y lo escalen. Los mismos jóvenes que hace veinte años corrían a aventarme piedras ahora miran con sospecha a cada vecino sino es que antes lo sorprenden con un fierro entre las tripas por mirarlos más de lo debido. Me detengo ante lo que yo llamo casa. El tanque ya está medio vacío y me convenzo de no ir a la vendimia en lunes, ni en martes, ni hasta que mi voluntad diga lo contrario. Por hoy estoy harto de que la misma mala suerte me cargue de regreso a mi casa con menos de cien pesos, de la violencia que ya es parte de mi panorama y de la repulsión de ya ni si quiera poder sentirme humano entre tanta inmundicia. 

Con los pies arrastrando camino a la puerta, recuerdo a mi madre y su rostro amable por los años. Los recuerdos de una aterradora infancia le siguen y mejor trato de ahuyentarlos con el ruido de la méndiga llave. Exhalando cruzo la puerta que me separa del mundo hostil. Me llega el hedor de la barbacoa de la mañana pero que en realidad es de hace dos o tres días. No me genera nada en realidad pero me quejo al ver al más grande de mis hijos que corre a saludar efusivo. Busco evadirlo sin tener que descargar lo que en mi pecho aprieta sobre él y busco refugio en la cocina. Finjo tener sed para no hablar y resulta que mi cuerpo se revitaliza con el primer trago, no recuerdo la última vez que comí o bebí en el día.  

Un ruido que me regresa a lo que soy, me hace tragar por el lado equivocado y envuelto en gritos corro al patio. Oscuridad es lo que pasa después. Knock out técnico a mi conciencia. Sesenta segundos después el daño está hecho y mis puños contraídos. Mi madre sangra, temo, inconsciente mientras Raúl y su hermano me miran pasmados. Esto no era lo que yo planeaba en la vida. Respiro y recuerdo que allá afuera está el mundo hostil y que, por lógica, aquí dentro no. Aquí está el mundo que yo creo, uno que no es tan malo. Raúl susurra que la abuela no responde. Le digo, entre jadeos, sudor y gotas de sangre de un cuerpo ajeno, que aquí es diferente, que aquí todo es bueno.  

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