Inerte, atemporal

Por Pamela Benítez Cedillo 

Inerte, con los ojos abiertos y la voz apagada. 
¿Acaso la liberación de una voz ahogada responderá a lo que mi cuerpo siente y mis ojos ven? 
Cerebro despierto, cuerpo encerrado. 
Silencio. 
Sé lo que sucede. He estado aquí cientos de veces. 
Ciento un veces me he dejado engañar, el miedo se siente igual. 
Silencio, ya no hay. 
¡Estado, escucha la voz de tu pueblo que te reclama justicia! 
¡Estado, escucha cómo exige respuesta! 
Mi voz ahogada ya no lo es más,  
entonces sé que, al fin despierta, la parálisis del sueño termina 
¿O será esta, mi eterna alucinación? 

Nosotros somos la mente. Ellos son el cuerpo, pero no cualquiera, el nuestro. No se confundan, nosotros no le hemos olvidado, lo queremos devuelta; lo que sucede es que hemos sido engañados, lo prometido nunca llegó. La negligencia a nuestro cuerpo es atemporal, lo recuerdan nuestros abuelos, y los abuelos de estos; pero también lo recordamos nosotros porque es difícil olvidar algo que vemos todos los días. Aquel cuerpo colonizado ahora yace inerte, lo ha hecho desde hace siglos, antes del PRI, y a nosotros, la mente, le tachan de gozarse entre un estado perecedero, putrefacto. 

Se equivocan, nosotros luchamos, aunque sin respuesta, contra la falta de respuesta del cuerpo, ese que está a nuestro nombre, pero parece ajeno. Si yacemos despiertos, con los ojos abiertos de par en par, juntamos más de ciento treinta y cuatro millones luminosos brillos que, ante la amenaza de la negligencia, su luz no se extingue. Si nuestra eterna consciencia ante lo que sucede deriva a las demandas de justicia, atención, reconocimiento y respuesta, ¿qué es lo que le otorga el derecho a nuestro cuerpo de parecer inmóvil e inerte? ¿Algo justifica la descoordinación entre mente y cuerpo? ¿El cuerpo es ahora, o siempre fue, un ente autónomo? 

No, no lo es, ni lo será. El cuerpo es solo eso sin una mente, y la mente permanece inconclusa sin el cuerpo; la necesidad de complementación está arraigado desde sus innegables raíces, condenada desde la naturaleza. No nos quedamos callados ante las alucinaciones que genera la descoordinación mente-cuerpo, porque, aunque son temidas perturbaciones, no son nuestras realidades, ¿o sí? La vieja práctica de secuestros a estudiantes en la zona sur de la Ciudad de México deber ser eso, una alucinación, ¿o hay algo más que pueda justificar la falta de respuesta gubernamental? Así como la falta de justicia ante los asesinatos de periodistas que no se conforman y se arriesgan por alimentar a este sistema nervioso con la verdad. Así como los innumerables problemas que se nos son incasablemente recordados y la continua falla de promesas de mejoras, sin importar quién sea el representante de nuestro cuerpo, ¡oh nuestro cuerpo!, ¡tan disfuncional! 

Me cuestiono si verdaderamente esta descoordinación mente-cuerpo existe, probablemente sea el reclamo de la autonomía de un cuerpo que alguna vez fue nuestro. Pero escucha detenidamente, entre esas marchas tan caracterizantes, entre las lágrimas de las madres que reclaman justicia de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, entre los que recuerdan los sucesos de Tlatelolco, entre los gritos de quienes reclaman el regresos de los secuestrados, así es como nosotros, le recordamos al cuerpo, que es nuestro. Así es como nuestra autonomía es reforzada y el recordatorio de que, sin nosotros, el gobierno no es nada.  

¡Estado, escucha la voz de tu pueblo que te reclama justicia! 
¡Estado, escucha cómo exige respuesta! 
Mi voz ahogada ya no lo es más,  
entonces sé que, al fin despierta, la parálisis del sueño termina 
Esta no será mi eterna alucinación. 
No quiero yacer inerte, atemporal. Seremos uno solo. 

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